domingo, 14 de diciembre de 2008

EXPEDIENTE GUERRERO


Los peligros de la lucha libre no sólo están en el ring, sino fuera de éste. En esta ocasión, el orgullo de la Merced nos narra un par de anécdotas que manifiestan los riesgos de ser un luchador ampliamente reconocido por la afición.

“Cuando eres un rudo reconocido por la afición, odiado por muchas personas, puede ser muy peligroso. No menciono contra quién estaba luchando, porque no fue una sola vez, fue en muchas ocasiones y en diferentes arenas como la Naucalpan, la Pista Revolución, en Acapulco, Celaya, en fin, en muchas partes. El caso es que en estas plazas protagonicé algunas peleas con los aficionados, terminando en la delegación.

Mi carácter siempre ha sido fuerte y, puedo soportar una leperada, pero ya que tres o más aficionados quieran golpearte no lo tolero. Los aficionados generalmente estaban borrachos y algunos hasta sacaban navaja, como si eso me asustara. Cuando traes la sangre caliente, no mides consecuencias.

Bueno, una anécdota chusca pero que está relacionada con lo anterior. Esto me ocurrió hace como 20 años en Iguala, Guerrero. Llegó a ser tanta la popularidad de mi personaje, que un luchador de ese lugar, se hizo pasar por mí. Él decía que era Fuerza Guerrera y, como traía una máscara igual a la mía, pues le creían. Este sujeto, con estas trampas logró entrar a la casa de una familia de allá, y se robó a la hija de esta familia.

Tiempo después, a mí me tocó ir a luchar a este lugar. Obvio que yo no sabía nada de esto. Llegué a la arena de Iguala, estaba ya en mi lucha enfrentando a Blue Demon Sr y, de repente veo que llega la policía por mí. Los oficiales iban con los papás de la muchacha que estaba perdida.

Al principio no entendía qué pasaba, si se trataba de una broma o si se estaban equivocando al señalarme a mí como un plagiario. Me llevaron a la delegación –ni me dejaron terminar mi lucha- y ya ante el juez, le dije a los señores que yo no los conocía, que era la primera vez que los veía.

Los papás de la muchacha me alegaban, y me decían que yo había entrado a su casa; sobre todo el papá era el más ofendido, el que gritaba más fuerte. Me dijo “Tú te robaste a mi hija, tu eres Fuerza Guerrera, hasta máscara llevabas”. Y bueno, lo que hice fue quitarme la máscara ante los papás y el juez, para demostrar que yo no era la persona que decían.

Cuando me quité la máscara, los papás se dieron cuenta que no era quien se había robado a su hija, y me ofrecieron una disculpa Me hubiera gustado al menos regresarles a su hija, o conocerla”.